Mientras el resto de mis contemporáneos se debaten entre el sueño y la deshidratación tras una noche de fiesta, yo le doy un par de manotazos enérgicos a la alarma de mi móvil cada fin de semana. A veces me siento identificada con esos memes sarcásticos para millennials en los que "esa gente que sale sonriente un sábado por la mañana a correr no puede ser de fiar", pero lo cierto es que madrugar esos días se está convirtiendo en un extraño ritual que me hace sentir bien.
He leído tropecientas entrevistas con escritores en las que su mejor truco para inspirarse es levantarse a las 5 de la mañana, tomarse el café tranquilamente y leer, leer, leer sin prisa antes de sentarse a volcar sus ideas. Yo no pienso llegar a ese extremo, y leer más antes de las 8 horas previas al escaneo constante de noticias que me espera en la redacción sería casi masoquista, pero coincido en que madrugar inspira.
No solo a escribir, sino a hacer cosas. Esta mañana, entre prisas, me ha dado tiempo a apuntar 3 o 4 párrafos de relatos y a cosechar ideas para los próximos días libres. Y entre ellas está desempolvar la cámara, que ha quedado relegada a un segundo plano desde que llegué aquí y no me separo del móvil. Voy a pasear la cámara híbrida, aunque pese, e intentar enfrentarme a uno de esos retos que te sacan de la zona de confort. Nunca me ha gustado fotografiar a gente desconocida, pero supongo que Nueva York es el lugar donde menos puede importarles chupar cámara ajena. Así que, prepárense: series de retratos en blanco y negro están por venir.
He leído tropecientas entrevistas con escritores en las que su mejor truco para inspirarse es levantarse a las 5 de la mañana, tomarse el café tranquilamente y leer, leer, leer sin prisa antes de sentarse a volcar sus ideas. Yo no pienso llegar a ese extremo, y leer más antes de las 8 horas previas al escaneo constante de noticias que me espera en la redacción sería casi masoquista, pero coincido en que madrugar inspira.
No solo a escribir, sino a hacer cosas. Esta mañana, entre prisas, me ha dado tiempo a apuntar 3 o 4 párrafos de relatos y a cosechar ideas para los próximos días libres. Y entre ellas está desempolvar la cámara, que ha quedado relegada a un segundo plano desde que llegué aquí y no me separo del móvil. Voy a pasear la cámara híbrida, aunque pese, e intentar enfrentarme a uno de esos retos que te sacan de la zona de confort. Nunca me ha gustado fotografiar a gente desconocida, pero supongo que Nueva York es el lugar donde menos puede importarles chupar cámara ajena. Así que, prepárense: series de retratos en blanco y negro están por venir.
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