Utilizan filtros que las transportan a escenas de la década de los 90. Sus delgados cuerpos se insinúan bajo sudaderas anchas y hasta rotas sin que parezcan heroinómanas. Les delata su pelo cuidadosamente desaliñado, su piel jugosa y esas cejas pintadas que dibujan la -ancha- línea entre las millennials jóvenes y las tardías. Hablo de las diosas de Instagram.
Las diosas de Instagram bajan de vez en cuando al mundo terrenal para que sus Instagram husbands -lo mejor de casarse es esa sesión de fotos con el vestido de encaje al atardecer que su audiencia devorará ferozmente- las inmortalicen haciendo cosas cotidianas. Miren a Kylie Jenner. Se pasa todo el día buscando cosas en el suelo, eso sí, siempre pendiente de que su trasero luzca lo más sugerente posible.
Otras diosas de Instagram pasean por calles desiertas y buscan fruta fresca en mercados en los que, curiosamente, nunca hay clientes vestidos de domingo-en-el-barrio ni vendedores gritando: "Nena, tomate a un euro el kilo", como ocurre en la mayoría de casos. Sus vestidos parecen acariciar el aire, el sol besa sus piernas morenas y nunca se les vuela el sombrero porque lo sujetan con la mano -hay que lucir esos brazos tonificados a lo Kayla Itsines-.
Aquí, en Nueva York, hay muchas de esas diosas de Instagram. Van a plasmar sus siluetas contra el skyline en los rooftops, parecen estar en un estado permanente de risa grácil a lo Marilyn Monroe y se contonean furtivamente por los andenes de las avenidas. Ya saben: los taxis amarillos son más fotogénicos que las hordas de turistas, especialmente si implican -¡sacrilegio!- chanclas y calcetines.
Hoy he visto una. Eran las 9 y pico de la mañana de un domingo. Llevaba un mono de color caqui que abrazaba sus caderas e insinuaba -esto es carne de caption: insinuar siempre mejor que enseñar- su escote. La caída de sus rizos estaba a la altura de su caída de pestañas, lastradas por un kilo de máscara -probablemente regalada, porque #sponsoredpost- oscura como la noche.
Mientras levantaba los brazos como si bailara en una discoteca, los turistas pasaban a cámara lenta por la acera girando la cabeza. El fotógrafo se agachaba -peligro: ¡papada!- para convertir esas piernas humanas en alargadas extremidades dignas de lencería Victoria's Secret. Entonces, a mí, que iba sin gota de maquillaje porque me he dormido y he bajado corriendo a trabajar, alguien me ha colado un "guapa" en los oídos.
Antes de huir de la escena del crimen, por el rabillo del ojo, he atrapado una imperceptible mueca de qué coñazo en el rostro de esa Afrodita urbana. Y me he dado cuenta de que la sonrisa que se me ha dibujado en la cara lavada nunca será premiada con 291.319 likes. Pero lo genuino, al fin y al cabo, es lo más difícil de encontrar.
Las diosas de Instagram bajan de vez en cuando al mundo terrenal para que sus Instagram husbands -lo mejor de casarse es esa sesión de fotos con el vestido de encaje al atardecer que su audiencia devorará ferozmente- las inmortalicen haciendo cosas cotidianas. Miren a Kylie Jenner. Se pasa todo el día buscando cosas en el suelo, eso sí, siempre pendiente de que su trasero luzca lo más sugerente posible.
Otras diosas de Instagram pasean por calles desiertas y buscan fruta fresca en mercados en los que, curiosamente, nunca hay clientes vestidos de domingo-en-el-barrio ni vendedores gritando: "Nena, tomate a un euro el kilo", como ocurre en la mayoría de casos. Sus vestidos parecen acariciar el aire, el sol besa sus piernas morenas y nunca se les vuela el sombrero porque lo sujetan con la mano -hay que lucir esos brazos tonificados a lo Kayla Itsines-.
Aquí, en Nueva York, hay muchas de esas diosas de Instagram. Van a plasmar sus siluetas contra el skyline en los rooftops, parecen estar en un estado permanente de risa grácil a lo Marilyn Monroe y se contonean furtivamente por los andenes de las avenidas. Ya saben: los taxis amarillos son más fotogénicos que las hordas de turistas, especialmente si implican -¡sacrilegio!- chanclas y calcetines.
Hoy he visto una. Eran las 9 y pico de la mañana de un domingo. Llevaba un mono de color caqui que abrazaba sus caderas e insinuaba -esto es carne de caption: insinuar siempre mejor que enseñar- su escote. La caída de sus rizos estaba a la altura de su caída de pestañas, lastradas por un kilo de máscara -probablemente regalada, porque #sponsoredpost- oscura como la noche.
Mientras levantaba los brazos como si bailara en una discoteca, los turistas pasaban a cámara lenta por la acera girando la cabeza. El fotógrafo se agachaba -peligro: ¡papada!- para convertir esas piernas humanas en alargadas extremidades dignas de lencería Victoria's Secret. Entonces, a mí, que iba sin gota de maquillaje porque me he dormido y he bajado corriendo a trabajar, alguien me ha colado un "guapa" en los oídos.
Antes de huir de la escena del crimen, por el rabillo del ojo, he atrapado una imperceptible mueca de qué coñazo en el rostro de esa Afrodita urbana. Y me he dado cuenta de que la sonrisa que se me ha dibujado en la cara lavada nunca será premiada con 291.319 likes. Pero lo genuino, al fin y al cabo, es lo más difícil de encontrar.
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