Ocho millones de personas. Otros tantos millones de coches. Humo, sirenas, música, conversaciones. Cuando entré en aquel santuario en mitad de Central Park, la naturaleza me acogió bajo su ala invisible. Los senderos forrados de corcho se hundían bajo mis pies, las ramas reverdecidas se asomaban a mi paso. Los mirlos escarbaban entre la hojarasca, ajenos a mi presencia, para volar a su nido despreocupadamente. Las flores rosas crecían a borbotones entre los matorrales, bañadas por la luz cálida de mayo, a unos metros del agua. No soy creyente, pero creí en aquel ser superior que dispuso toda esta belleza milimetrada para que pudiera admirarla. Y me sentí en paz.
Utilizan filtros que las transportan a escenas de la década de los 90. Sus delgados cuerpos se insinúan bajo sudaderas anchas y hasta rotas sin que parezcan heroinómanas. Les delata su pelo cuidadosamente desaliñado, su piel jugosa y esas cejas pintadas que dibujan la -ancha- línea entre las millennials jóvenes y las tardías. Hablo de las diosas de Instagram. Las diosas de Instagram bajan de vez en cuando al mundo terrenal para que sus Instagram husbands -lo mejor de casarse es esa sesión de fotos con el vestido de encaje al atardecer que su audiencia devorará ferozmente- las inmortalicen haciendo cosas cotidianas. Miren a Kylie Jenner. Se pasa todo el día buscando cosas en el suelo, eso sí, siempre pendiente de que su trasero luzca lo más sugerente posible. Otras diosas de Instagram pasean por calles desiertas y buscan fruta fresca en mercados en los que, curiosamente, nunca hay clientes vestidos de domingo -en-el-barrio ni vendedores gritando: "Nena, tomate a un euro el ki...
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