Ocho millones de personas. Otros tantos millones de coches. Humo, sirenas, música, conversaciones. Cuando entré en aquel santuario en mitad de Central Park, la naturaleza me acogió bajo su ala invisible. Los senderos forrados de corcho se hundían bajo mis pies, las ramas reverdecidas se asomaban a mi paso. Los mirlos escarbaban entre la hojarasca, ajenos a mi presencia, para volar a su nido despreocupadamente. Las flores rosas crecían a borbotones entre los matorrales, bañadas por la luz cálida de mayo, a unos metros del agua. No soy creyente, pero creí en aquel ser superior que dispuso toda esta belleza milimetrada para que pudiera admirarla. Y me sentí en paz.

Comentarios

Entradas populares de este blog