En mis oídos sonaba Portishead y nadie se daba cuenta. La cuesta de la Quinta Avenida a la altura de la 35 parecía menos acusada bajo las prisas de mis pies. Algunos ojos se paraban en mi cara, otros en mi cazadora, yo esquivaba la multitud para llegar igual de tarde que Hanna Horvath a un evento en la Biblioteca Pública donde tres escritores (sí, todos hombres) iban a hablar del futuro. Pero hablaron del presente, y la sala olía igual que la ropa de mi primer novio. Creo que era por las cortinas viejas.

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