En mis oídos sonaba Portishead y nadie se daba cuenta. La cuesta de la Quinta Avenida a la altura de la 35 parecía menos acusada bajo las prisas de mis pies. Algunos ojos se paraban en mi cara, otros en mi cazadora, yo esquivaba la multitud para llegar igual de tarde que Hanna Horvath a un evento en la Biblioteca Pública donde tres escritores (sí, todos hombres) iban a hablar del futuro. Pero hablaron del presente, y la sala olía igual que la ropa de mi primer novio. Creo que era por las cortinas viejas.
Utilizan filtros que las transportan a escenas de la década de los 90. Sus delgados cuerpos se insinúan bajo sudaderas anchas y hasta rotas sin que parezcan heroinómanas. Les delata su pelo cuidadosamente desaliñado, su piel jugosa y esas cejas pintadas que dibujan la -ancha- línea entre las millennials jóvenes y las tardías. Hablo de las diosas de Instagram. Las diosas de Instagram bajan de vez en cuando al mundo terrenal para que sus Instagram husbands -lo mejor de casarse es esa sesión de fotos con el vestido de encaje al atardecer que su audiencia devorará ferozmente- las inmortalicen haciendo cosas cotidianas. Miren a Kylie Jenner. Se pasa todo el día buscando cosas en el suelo, eso sí, siempre pendiente de que su trasero luzca lo más sugerente posible. Otras diosas de Instagram pasean por calles desiertas y buscan fruta fresca en mercados en los que, curiosamente, nunca hay clientes vestidos de domingo -en-el-barrio ni vendedores gritando: "Nena, tomate a un euro el ki...
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