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Mostrando entradas de mayo, 2017
Mientras el resto de mis contemporáneos se debaten entre el sueño y la deshidratación tras una noche de fiesta, yo le doy un par de manotazos enérgicos a la alarma de mi móvil cada fin de semana. A veces me siento identificada con esos memes sarcásticos para millennials en los que "esa gente que sale sonriente un sábado por la mañana a correr no puede ser de fiar", pero lo cierto es que madrugar esos días se está convirtiendo en un extraño ritual que me hace sentir bien. He leído tropecientas entrevistas con escritores en las que su mejor truco para inspirarse es levantarse a las 5 de la mañana, tomarse el café tranquilamente y leer, leer, leer sin prisa antes de sentarse a volcar sus ideas. Yo no pienso llegar a ese extremo, y leer más antes de las 8 horas previas al escaneo constante de noticias que me espera en la redacción sería casi masoquista, pero coincido en que madrugar inspira. No solo a escribir, sino a hacer cosas. Esta mañana, entre prisas, me ha dado tiempo ...

Expectations vs. Reality

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Antes de irme dije: oh, me llevaré mi libro de Benedetti a Central Park y seguro que pasa alguien por allí, y lo ve, y nos ponemos a hablar. Varias cosas: 1. ESTAMOS EN MAYO, NO HACE SOL Y VOY CON CHAQUETA. 2. Leo ebooks, o sea, no hay portada de la cual fardar. 3. Hoy he pasado por la biblioteca y he visto el aspecto del libro que me estoy leyendo. Si me ven con eso, igual piensan que es un arma.
Day off's #guiltypleasures: walking past all those people in their suits on 5th Ave while listening to Future (am I listening to trap now?!). On a side note: why do I always like the most expensive clothes on sale? Even worse: the ones that are not on sale? I am starting to resemble my mom
Ocho millones de personas. Otros tantos millones de coches. Humo, sirenas, música, conversaciones. Cuando entré en aquel santuario en mitad de Central Park, la naturaleza me acogió bajo su ala invisible. Los senderos forrados de corcho se hundían bajo mis pies, las ramas reverdecidas se asomaban a mi paso. Los mirlos escarbaban entre la hojarasca, ajenos a mi presencia, para volar a su nido despreocupadamente. Las flores rosas crecían a borbotones entre los matorrales, bañadas por la luz cálida de mayo, a unos metros del agua. No soy creyente, pero creí en aquel ser superior que dispuso toda esta belleza milimetrada para que pudiera admirarla. Y me sentí en paz.
En mis oídos sonaba Portishead y nadie se daba cuenta. La cuesta de la Quinta Avenida a la altura de la 35 parecía menos acusada bajo las prisas de mis pies. Algunos ojos se paraban en mi cara, otros en mi cazadora, yo esquivaba la multitud para llegar igual de tarde que Hanna Horvath a un evento en la Biblioteca Pública donde tres escritores (sí, todos hombres) iban a hablar del futuro. Pero hablaron del presente, y la sala olía igual que la ropa de mi primer novio. Creo que era por las cortinas viejas.