Todos los días, al bajar por la Sexta Avenida de camino a casa, me integro en un enjambre de neoyorquinos que también salen del trabajo. ¿Qué tiene esto de peculiar? Que en esta ciudad, la gente habla sola por la calle. Eso es lo que diría mi abuela. Hablan solos con sus auriculares puestos, gesticulan, se ríen histéricamente, dicen "like" 20 veces y revelan sus secretas experiencias de la noche pasada a la persona que está al otro lado de la línea... y al el resto de viandantes que caminamos formando un escuadrón alrededor (y queremos escuchar).
Ayer lo hice yo también. Me puse los auriculares, miré al frente y empecé a hablar en castellano con mis padres. Al principio era una sensación extraña, y sentía miradas de reojo como las que yo he ido repartiendo desde que llegué. Pero después me di cuenta de que, desde mi burbuja comunicativa, me importaba un pimiento la reacción de la gente que pasaba por mi lado. Igual que a ellos.
Y me sentí un poco más Carrie Bradshaw. Sí.
Utilizan filtros que las transportan a escenas de la década de los 90. Sus delgados cuerpos se insinúan bajo sudaderas anchas y hasta rotas sin que parezcan heroinómanas. Les delata su pelo cuidadosamente desaliñado, su piel jugosa y esas cejas pintadas que dibujan la -ancha- línea entre las millennials jóvenes y las tardías. Hablo de las diosas de Instagram. Las diosas de Instagram bajan de vez en cuando al mundo terrenal para que sus Instagram husbands -lo mejor de casarse es esa sesión de fotos con el vestido de encaje al atardecer que su audiencia devorará ferozmente- las inmortalicen haciendo cosas cotidianas. Miren a Kylie Jenner. Se pasa todo el día buscando cosas en el suelo, eso sí, siempre pendiente de que su trasero luzca lo más sugerente posible. Otras diosas de Instagram pasean por calles desiertas y buscan fruta fresca en mercados en los que, curiosamente, nunca hay clientes vestidos de domingo -en-el-barrio ni vendedores gritando: "Nena, tomate a un euro el ki...
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