Todos los días, al bajar por la Sexta Avenida de camino a casa, me integro en un enjambre de neoyorquinos que también salen del trabajo. ¿Qué tiene esto de peculiar? Que en esta ciudad, la gente habla sola por la calle. Eso es lo que diría mi abuela. Hablan solos con sus auriculares puestos, gesticulan, se ríen histéricamente, dicen "like" 20 veces y revelan sus secretas experiencias de la noche pasada a la persona que está al otro lado de la línea... y al el resto de viandantes que caminamos formando un escuadrón alrededor (y queremos escuchar). Ayer lo hice yo también. Me puse los auriculares, miré al frente y empecé a hablar en castellano con mis padres. Al principio era una sensación extraña, y sentía miradas de reojo como las que yo he ido repartiendo desde que llegué. Pero después me di cuenta de que, desde mi burbuja comunicativa, me importaba un pimiento la reacción de la gente que pasaba por mi lado. Igual que a ellos. Y me sentí un poco más Carrie Bradshaw. Sí.

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