Andaba pensando en los pegotes de Van Gogh, la luz de Rembrandt y los vacíos de Hopper cuando me di cuenta de que apenas caían ya gotas. Central Park se abría camino delante de mí y no pude más que seguirlo, por una vez que llevaba botas de agua. Una madre joven corría con el carrito y los niños riendo despreocupadamente.
Y de repente, no se oía nada más: el tráfico era un murmullo lejano. En las zonas de hierba encharcada, las flores permanecían cabizbajas mientras los pájaros buscaban alguna migaja flotante. Los cuervos azulados graznaban con unos chillidos metálicos desde las copas de los árboles desnudos, vigilando su territorio. Apenas había nadie más. Solo unos cuantos almendros que se habían atrevido a florecer y yo.
Los rascacielos volvieron a rascar el cielo cuando las nubes se marcharon. Con los primeros rayos de sol, las ramas mojadas parecían estar pobladas de diamantes que brillaban al pasar. Los reflejos otoñales en el agua eran solo eso, un espejismo.
Allí delante estaba la primavera, despertando en cada flor, rosa, cada chasquido en los matorrales, cada salto despreocupado de una ardilla. Me paré a hacer unas fotos y un señor también solo se detuvo a un par de metros, esperando tácitamente a que terminara y leyendo la historia de un árbol. Me miró a los ojos y sonrió. Yo también le sonreí. Quizás era de Nueva York, o quizás no, la misma incógnita se cernía sobre los dos. Pero estaba claro que en esta ecuación de naturaleza y silencio, los dos estábamos cómodos.
Más adelante, a las seis, una iglesia comenzó a dar las campanadas acompañadas de música. Y entonces sentí un momento de claridad, como el que había protagonizado la obra que vi el día anterior al lado de Broadway, "If I forget". Lo llamaban el síndrome de Jerusalén: cuando alguien llegaba a un lugar tan cargado de significado, creía tener visiones, comprender el universo. Yo no estaba alucinando, pero sí era consciente de la belleza de aquel instante, a las seis de la tarde, metida en un charco de Central Park. No sé lo que es una epifanía, pero la tuve. Una revelación. Nueva York siempre había sido y siempre sería mi casa.






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