Al pasar por Bryant Park, huelo las flores que hace un par de semanas estaban sepultadas bajo la nieve. El sol calienta y la gente empieza a quitarse chaquetas, acortar mangas y faldas, sonreír más, caminar sin tanta prisa. En España decimos que la primavera, la sangre altera. Aquí, somos todos abejorros revoloteando entre colores después de los duros meses del invierno. Y es una sensación extraña el cambio de temperatura repentino, el cambio de ciudad, en cambio de gente... parece que el cambio de estación es un cambio de mundo en sí.
Utilizan filtros que las transportan a escenas de la década de los 90. Sus delgados cuerpos se insinúan bajo sudaderas anchas y hasta rotas sin que parezcan heroinómanas. Les delata su pelo cuidadosamente desaliñado, su piel jugosa y esas cejas pintadas que dibujan la -ancha- línea entre las millennials jóvenes y las tardías. Hablo de las diosas de Instagram. Las diosas de Instagram bajan de vez en cuando al mundo terrenal para que sus Instagram husbands -lo mejor de casarse es esa sesión de fotos con el vestido de encaje al atardecer que su audiencia devorará ferozmente- las inmortalicen haciendo cosas cotidianas. Miren a Kylie Jenner. Se pasa todo el día buscando cosas en el suelo, eso sí, siempre pendiente de que su trasero luzca lo más sugerente posible. Otras diosas de Instagram pasean por calles desiertas y buscan fruta fresca en mercados en los que, curiosamente, nunca hay clientes vestidos de domingo -en-el-barrio ni vendedores gritando: "Nena, tomate a un euro el ki...
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