Nunca había estado allí antes y, sin embargo, sentía el vacío que ocupaban -paradójicamente- en aquella zona al sur de Manhattan. Era como si sus más de 400 metros continuaran en pie, invisibles, aunque al levantar la vista no hubiera nada. La primera vez que fui al memorial del 11 de septiembre, me resultó sobrecogedor el sonido del agua que cae donde un día se alzaron las Torres Gemelas. Los nombres indican orígenes de todo el mundo, desde inglés hasta japonés o español. Cuando es el cumpleaños de alguna de las 3.000 personas que allí perdieron la vida, colocan una rosa blanca en las letras grabadas sobre el panel de metal para honrar su recuerdo. Excepto cuando no llegaron a nacer: conté al menos dos mujeres que fueron asesinadas mientras estaban embarazadas. Por debajo de los paneles, el agua está tranquila. Después, cae en cascada a un estanque inferior que se puede ver si te asomas. Lo que no se ve es el interior del agujero negro, que absorbe inexorablemente toda el agua. Nadie sabe lo que hay allí, solo los que se fueron. Los que, como un agujero negro antes de morir, hoy son estrellas allá arriba.


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