Nos conocemos desde hace poco más de dos semanas, pero es suficiente para saber que tiene una personalidad propia. Nueva York es un mundo, aunque solo me haya dado tiempo a conocer algunas zonas de Manhattan (además, quedarían Brooklyn, Queens, el Bronx y Staten Island). Cada barrio tiene sus gentes, su estilo arquitectónico, incluso su luz. Hoy he hecho una locura típica de turista y me he pasado prácticamente 5 horas sin cesar pateándome la ciudad después de despedir a una de mis compañeras de piso, Marine, que desde el principio ha estado ahí para ayudarme a adaptarme a esta nueva realidad.

El recorrido ha empezado en Midtown, en torno a la calle 33, donde hace poco descubrí que existe un Korea Town con supermercados hasta los topes de kimchi, karaokes con luces de neón y tiendas de cosmética. Apenas bordeando Times Square, he continuado por la Sexta Avenida hacia arriba (uptown, que se dice aquí) aprovechando el día precioso y soleado que nos ha salido tras el día lluvioso de mi**** de ayer. Basta que la temperatura suba 10 grados (casi nada) para ver a gente en manga corta y faldas sin medias. Brrr.

Central Park estaba concurridísimo, de turistas y de animales. Apenas quedan bloques de hielo junto a los bordillos. He recorrido la zona este,  partiendo de una cabaña con tableros de ajedrez, hasta el Metropolitan Museum, en cuya famosa escalinata se sentaban las protagonistas de Gossip Girl (sí, seguro que en mil películas también salen pero yo soy una millennial y voy a lo mío).

El Met se encuentra en la llamada Milla de los Museos, un tramo de la Quinta Avenida en torno a la calle 80 (y ya llevamos unas 50 calles recorridas a pata...). Enfrente se encuentra el Neue Galerie, dedicado a artistas alemanes y austríacos y que contiene cuadros de Kandinsky y Klimt, entre otros. Más adelante sorprende el Guggenheim, no solo por su arquitectura, sino por su reducido tamaño.

De vuelta a Midtown desde la 90 y pico, y ya bastante cansada, en busca de un puesto ambulante con un café barato, me he dado cuenta de la quietud que envuelve el Upper East Side: apenas hay coches, apenas hay gente por las calles (a excepción de alguna mujer estilosa que quizás en algún momento fuera Melania Trump), apenas hay tiendas. Todo lo que se ve son edificios residenciales con placas de médicos y oftalmólogos. Bajando hacia Lenox Hill cada vez más cerca del East River, el río, aparecen hospitales a gogó y personal con bata o uniforme verde paseando (y paseando al perro).




Y Manhattan deja de ser llana: la colina bajo el puente de Roosevelt Island, en torno a la 60, no le ha hecho ninguna gracia a mis maltrechas piernas. Pero hemos seguido por un barrio llamado Sutton Place, con cierto encanto. Yo mido el encanto en las veces que los viandantes te miran a los ojos y te sonríen al pasar por tu lado: me indica el nivel de "familiaridad" del lugar. Unos metros más abajo, ahí estaba la sede de Naciones Unidas, rodeada de pilotes de seguridad y trabajadores con su acreditación azul colgando del cuello.

El paseo me llevó a Tudor City, otra zona con encanto por sus parques elevados y una pasarela que cruza la avenida y desde la que hay una vista fotogénica increíble, incluido el edificio Chrysler, mi favorito de Nueva York hasta el momento por su diseño art decó. Al bajar de las nubes ya estamos a la altura de Bryant Park y acecha otro barrio llamado Murray Hill. Sí, otra maldita colina. Ya llevaba acumuladas dos bolsas de fruta y verduras de puestos callejeros, que las venden más baratas que en el supermercado (tampoco es muy difícil).



Y ya, por fin, he llegado a mi amada calle 34, que no tiene pérdida: solo hay que seguir al Empire State. Caía el sol, y desde el "lounge" de mi edificio Nueva York volvía a brillar con todo su carácter... pero yo no he podido hacer otra cosa que derrumbarme en un sofá y comer galletitas. Otro día descubriré la noche.




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