En algunos lugares, basta con levantar la mirada para ver el cielo. En Nueva York, la mirada se desliza por los rascacielos como si fueran un tobogán invertido hasta que la cabeza se topa con el viandante de detrás. Todo en este país es enorme, parece hecho a una escala grande. O quizás sea un recordatorio tácito de lo pequeños que somos los seres humanos en este mundo salvaje que intentamos domesticar.
Utilizan filtros que las transportan a escenas de la década de los 90. Sus delgados cuerpos se insinúan bajo sudaderas anchas y hasta rotas sin que parezcan heroinómanas. Les delata su pelo cuidadosamente desaliñado, su piel jugosa y esas cejas pintadas que dibujan la -ancha- línea entre las millennials jóvenes y las tardías. Hablo de las diosas de Instagram. Las diosas de Instagram bajan de vez en cuando al mundo terrenal para que sus Instagram husbands -lo mejor de casarse es esa sesión de fotos con el vestido de encaje al atardecer que su audiencia devorará ferozmente- las inmortalicen haciendo cosas cotidianas. Miren a Kylie Jenner. Se pasa todo el día buscando cosas en el suelo, eso sí, siempre pendiente de que su trasero luzca lo más sugerente posible. Otras diosas de Instagram pasean por calles desiertas y buscan fruta fresca en mercados en los que, curiosamente, nunca hay clientes vestidos de domingo -en-el-barrio ni vendedores gritando: "Nena, tomate a un euro el ki...
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