Camino rápido y mis piernas se alargan como un chicle Boomer. Camino rápido y soy tan flexible como nunca lo fui en clase de educación física en el cole. Camino rápido y esquivo a turistas que merodean un día como otro cualquiera, que casi se paran a hablar en la acera como harían las señoras de Valencia. Camino rápido sobre el duro cemento que mantiene Nueva York unida, con restos de hielo inmundo aquí y allá exhalando sus últimos suspiros bajo los apabullantes 14 grados que han vuelto a poner de moda las cazadoras de cuero. Camino rápido y una rata más rápida que yo se ha colado entre los montones de bolsas de basura que generan los comercios a diario y que se acumulan frente a los escaparates. Camino rápido y cuando empieza a chispear no me importa mojarme la cara, porque he salido tan rápido de casa que no me he maquillado. Camino rápido y llego a la oficina un sábado por la tarde, sin más compañía esperándome que las plantas que languidecen a la luz del neón. Y ya, ahora sí, paro, y escribo despacio. Qué gusto.
Utilizan filtros que las transportan a escenas de la década de los 90. Sus delgados cuerpos se insinúan bajo sudaderas anchas y hasta rotas sin que parezcan heroinómanas. Les delata su pelo cuidadosamente desaliñado, su piel jugosa y esas cejas pintadas que dibujan la -ancha- línea entre las millennials jóvenes y las tardías. Hablo de las diosas de Instagram. Las diosas de Instagram bajan de vez en cuando al mundo terrenal para que sus Instagram husbands -lo mejor de casarse es esa sesión de fotos con el vestido de encaje al atardecer que su audiencia devorará ferozmente- las inmortalicen haciendo cosas cotidianas. Miren a Kylie Jenner. Se pasa todo el día buscando cosas en el suelo, eso sí, siempre pendiente de que su trasero luzca lo más sugerente posible. Otras diosas de Instagram pasean por calles desiertas y buscan fruta fresca en mercados en los que, curiosamente, nunca hay clientes vestidos de domingo -en-el-barrio ni vendedores gritando: "Nena, tomate a un euro el ki...
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